La pareja contrajo matrimonio el 14 de junio de 1958 en Bizana, en el entonces Transkei. Tuvieron dos hijas, Zenani y Zindziswa. Sin embargo, menos de cuatro años después, Nelson se convertiría en un fugitivo. En 1964, recibiría una condena a cadena perpetua. Durante 27 años, Winnie viviría con un marido físicamente presente pero emocionalmente distante; un hombre al que podía escribir, visitar ocasionalmente y amar, pero con quien no podía compartir una casa, una cena, una preocupación diaria ni el proceso de crianza de sus hijas.
Winnie no fue simplemente “la esposa de Mandela”. Mientras él estaba encarcelado, también fue perseguida, detenida, vigilada, prohibida, confinada y encarcelada. Forjó su propia identidad política y se transformó en una de las figuras más destacadas de la resistencia contra el apartheid.
No obstante, aquella misma lucha que los había unido terminaría llevando a cada uno a un lugar diferente. Y cuando finalmente volvieron a estar juntos, después de casi tres décadas, el mundo anhelaba una conmovedora escena de reencuentro. Pero la realidad fue otra.
Nelson Rolihlahla Mandela había nacido el 18 de julio de 1918 en Mvezo, en el territorio de Transkei. Su nombre original era Rolihlahla, y fue su maestra de la escuela primaria quien le otorgó el nombre inglés de Nelson, en cumplimiento de una costumbre de la época.
Para cuando conoció a Winnie, ya era un hombre conocido. Había formado parte de la fundación de la Liga Juvenil del Congreso Nacional Africano (ANC) en 1944, había ejercido como abogado y, junto a Oliver Tambo, había establecido un estudio jurídico en Johannesburgo. Asimismo, había sido arrestado durante la Campaña de Desafío y se encontraba entre los principales líderes de la oposición al apartheid.
Mandela había estado casado con Evelyn Mase desde 1944. Ella era enfermera, madre de sus hijos y una mujer lejana de la militancia política, quien compartió con él los primeros años de su vida adulta. Sin embargo, a medida que Nelson se comprometía más con la lucha contra el apartheid, su matrimonio comenzó a deteriorarse, lo que culminó en una separación en 1955 y un divorcio formal en marzo de 1958.
Durante este periodo de distanciamiento, apareció en su vida otra mujer. Nomzamo Winifred Zanyiwe Madikizela, nacida el 26 de septiembre de 1936 en Bizana, en Transkei, sería conocida más tarde como Winnie Mandela. En el momento de conocer a Nelson, era una joven trabajadora social que había marcado su propio camino profesional y que no imaginaba cuánto cambiaría su vida tras aquel encuentro.
Nueve años menor que él, Winnie había crecido en una familia de educadores y, en 1953, se trasladó a Johannesburgo para estudiar trabajo social en la Jan Hofmeyr School of Social Work. Se graduó en 1955 y fue contratada como asistente social médica en el hospital Baragwanath, siendo la primera mujer negra en ocupar dicho puesto.
Era joven, tenía una profesión y había recibido una oferta de beca para continuar sus estudios en Estados Unidos, pero decidió quedarse en Sudáfrica. Fue en Johannesburgo donde conoció a Nelson Mandela.
Winnie no podía imaginar que aquel hombre del que se enamoró, en un contexto judicial y político cada vez más complejo, pasaría gran parte de su vida adulta en prisión. Lo que tampoco podía prever era que su propia historia estaría irremediablemente entrelazada con la de uno de los personajes más relevantes del siglo XX.
Nelson y Winnie comenzaron a acercarse en un momento en el que él enfrentaba duras restricciones debido al Juicio por Traición. Desde el principio, su relación careció de espacio para la serenidad. Se encontraron en Johannesburgo en 1957, cuando él tenía 38 años, ya era abogado y militante del ANC, además de ser uno de los principales acusados en el Juicio por Traición. Ella, con 21 años, trabajaba en el hospital Baragwanath.
Los relatos sobre su primer encuentro destacan que Nelson quedó impresionado por la joven, quien luego aceptó una cita para almorzar con él una semana después. El romance comenzó cuando Nelson todavía estaba formalmente casado con Evelyn, aunque ya estaban separados. El 10 de marzo de 1957, Nelson le propuso matrimonio a Winnie. El compromiso se formalizó el 25 de mayo de 1958 y la boda se llevó a cabo el 14 de junio de ese mismo año, en Bizana, lo que atrajo la atención de los medios sudafricanos.
Aunque el matrimonio fue visto como una noticia, la vida en pareja distaba mucho de parecerse a la de una joven familia en construcción. Nelson estaba involucrado en reuniones políticas, procesos judiciales y acciones clandestinas. Winnie pronto descubrió que estar casada con él significaba asumir también los riesgos de su militancia. Las consecuencias no tardaron en llegar.
Durante esos primeros años, Winnie comenzó a ser vigilada por las autoridades y sufrió las consecuencias de la represión política. En 1960, tras la masacre de Sharpeville, el gobierno declaró el estado de emergencia y el 8 de abril prohibió el ANC. El 30 de marzo, Nelson fue arrestado junto con miles de personas, aunque recuperó la libertad algunos meses después. Sin embargo, la persecución no cesó; en 1961, pasó a la clandestinidad y fue detenido nuevamente el 5 de agosto de 1962. Para Winnie, aquellas detenciones y amenazas eran solo el inicio de una larga separación.
Zenani nació en 1959 y Zindziswa, conocida como Zindzi, en 1960. Por aquel entonces, cuando aún eran pequeñas, Nelson debió pasar a la clandestinidad. En 1961, se volvió fugitivo y ayudó a fundar Umkhonto weSizwe, el brazo armado del ANC. En enero de 1962, salió de Sudáfrica en busca de apoyo internacional y entrenamiento militar, regresando meses después para ser detenido el 5 de agosto.
El juicio de Rivonia comenzó en 1963, y el 12 de junio de 1964 llegó la sentencia: cadena perpetua. En aquel juicio, Mandela pronunció una de las frases que siempre se asociarán a su figura: “I have fought against white domination, and I have fought against black domination” (He luchado contra la dominación blanca y he luchado contra la dominación negra). Terminó su discurso con una declaración que se transformaría en una de las más célebres en su vida: “It is an ideal for which I am prepared to die” (Es un ideal por el cual estoy preparado para morir).
Mandela fue enviado a Robben Island. Tenía 46 años, Winnie contaba con 27 y sus hijas eran niñas. La distancia que comenzó en ese momento no se medía en kilómetros, sino en cumpleaños, cartas y visitas. Se dio lugar a conversaciones que nunca se llevaron a cabo y a funerales a los cuales Nelson no pudo asistir. El tiempo transformaba a sus hijas mientras él se mantenía tras las rejas.
La historia de Winnie a menudo se reduce a una imagen: la mujer que esperó a su hombre encarcelado. Sin embargo, esta descripción resulta insuficiente. Con el paso del tiempo, Winnie desarrolló su propia actividad política. Desde 1961, estuvo sujeta a diversas órdenes de restricción. En 1962, fue confinada a Orlando, Soweto, lo que limitó sus movimientos y posibilidades de interacción con otros. En 1970, fue puesta bajo arresto domiciliario luego de desafiar dichas restricciones.
La represión pasó a tener una dimensión aún más brutal en 1969, cuando Winnie fue detenida y permaneció 17 meses en régimen de aislamiento bajo una ley antiterrorista. Años después, relataría esa experiencia en su libro 491 Days: Prisoner Number 1323/69.
Mientras tanto, sus hijas crecían y Mandela seguía en prisión. Winnie se había adentrado en una guerra política que ya no era solo la de su marido; era la suya propia.
En mayo de 1977, las autoridades decidieron desterrarla de Soweto y la enviaron a Brandfort, un pequeño pueblo rural en lo que era el Free State, después del levantamiento de Soweto en 1976, cuando miles de estudiantes protestaron contra la imposición del afrikáans como lengua de enseñanza.
Winnie fue trasladada junto con su hija Zindzi. La vivienda que le asignaron contaba con tres habitaciones y carecía de electricidad y saneamiento adecuados. Estaba obligada a permanecer en Brandfort, lejos de la comunidad política de Soweto. Sin embargo, esa intención de aislamiento no funcionó como las autoridades esperaban. Winnie comenzó a involucrarse en la vida de la comunidad. Organizó una alimentación para niños, estableció una guardería para hijos de madres trabajadoras, instaló una pequeña clínica en su patio y promovió la creación de huertas familiares. A pesar de vivir bajo restricciones durante ocho años, continuó siendo una figura política relevante.
En 1985, desafió la orden que la mantenía en Brandfort y regresó a Soweto. La situación en los townships era cada vez más tensa y Winnie se convirtió en una figura combativa. Nelson, quien continuaba encarcelado en Robben Island, seguía siendo el símbolo internacional de la lucha contra el apartheid. Por su parte, la mujer que se encontraban en libertad representaba otra cara de dicha resistencia.
La pareja continuó escribiéndose, y sus cartas revelan un faceta a menudo olvidada en las narrativas sobre sucesos políticos: el intento de mantener su matrimonio desde lugares y realidades distantes.
Nelson recordó en una carta relacionada con su aniversario: “I remember 14 June nostalgically” (Recuerdo el 14 de junio con nostalgia) y confesó que pensaba mucho en Winnie en esa fecha. En abril de 1992, ante las múltiples especulaciones periodísticas sobre su matrimonio, Mandela publicaría un comunicado en el que afirmaba: “Despite these pressures our love for each other and our devotion to our marriage grew and intensified” (A pesar de estas presiones, nuestro amor mutuo y nuestra dedicación al matrimonio crecieron y se intensificaron).
También explicó que, al tomar la decisión de entrar en la clandestinidad en 1961, ambos comprendieron que esto significaría el fin de su vida familiar durante un periodo indefinido. Esta afirmación ayuda a entender una contradicción fundamental en su historia. No se trató de que Nelson eligiera la política y Winnie se quedara esperando; ambos eran conscientes de que la lucha tendría un precio. Lo que ninguno podía prever era cuánto costaría.
Mandela estuvo encarcelado desde 1962 hasta 1990, pasando por Pretoria, Robben Island, Pollsmoor y Victor Verster. Durante esos años, vivió la pérdida de seres queridos a quienes no pudo acompañar. Su madre falleció en 1968 y su hijo mayor, Thembekile, murió en un accidente automovilístico en 1969. Las autoridades no le permitieron asistir a ninguno de los funerales.
Winnie, mientras tanto, continuaba su vida bajo vigilancia. Madre, activista y esposa de un hombre convertido en un símbolo mundial, vivía en un mar de tensiones políticas desde fuera de la prisión.
La pareja seguía unida legalmente, pero la cotidianidad que caracteriza a un matrimonio había desaparecido desde hacía mucho tiempo. No había desayunos compartidos ni reconciliaciones tras las disputas, y la posibilidad de conocer realmente cómo había cambiado el otro se había esfumado. Cuando dos se aman durante 27 años sin poder convivir, el tiempo no se detiene; actúa de una forma más extraña: transforma a cada uno por separado.
El 11 de febrero de 1990, después de 27 años de encarcelamiento, Nelson Mandela salió de la prisión de Victor Verster, caminando junto a Winnie. La imagen recorrió el mundo: él levantando el puño y ella a su lado. Por un instante, parecía que la historia les devolvía todo lo que les había quitado.
El hombre que había sido encarcelado en 1962 emergía como el líder más célebre de la lucha contra el apartheid, mientras que la mujer que había enfrentado persecuciones durante décadas estaba allí para recibirlo. Sin embargo, este reencuentro también contenía un aspecto imposible. Nelson ya no era el hombre que Winnie se había despedido; ni ella era la joven de 20 años que había quedado sola en Johannesburgo. Ambos habían envejecido por separado, cada uno había construido carreras políticas diferentes y enfrentado experiencias que el otro no había vivido. Ahora debían aprender a convivir con la dimensión pública que cada uno había adquirido.
Después de la liberación de Mandela, la relación comenzó a deteriorarse rápidamente. En 1990, Winnie enfrentó acusaciones y luego fue condenada por delitos relacionados con el secuestro de cuatro jóvenes, entre ellos, Stompie Seipei, de 14 años, cuyo cuerpo apareció muerto posteriormente tras haber sido golpeado. Este episodio se convirtió en uno de los episodios más sombríos de su trayectoria. Winnie negó haber participado en el asesinato de Stompie Seipei y, en 1991, fue condenada a seis años de prisión por secuestro y complicidad en agresiones. Dos años después, el tribunal de apelación anuló las condenas por complicidad en las agresiones y redujo la pena a una multa y dos años de prisión en suspenso. Sin embargo, la controversia sobre su responsabilidad en esos hechos no cesó.
Los años posteriores a esa condena vieron a Winnie en el centro de controversias. En 1986 pronunció un discurso en el que usó la imagen de los “matchboxes” y “necklaces”, expresiones vinculadas a la violencia que asolaba los townships. Aquella frase quedó asociada con una práctica de ejecución conocida como “necklacing”, que consistía en colocar un neumático alrededor del cuello o el cuerpo de una persona y prenderle fuego.
Es imposible narrar la historia de Winnie Mandela sin considerar esta etapa, pero también sería erróneo reducir su vida a esos episodios. Porque antes y después de esos momentos, existió una mujer que fue encarcelada, desterrada y vigilada durante años; que construyó redes comunitarias y políticas propias, y cuya figura se convirtió en una de las más complejas de la lucha contra el apartheid.
La tensión entre ambos llegó a un punto decisivo. El 13 de abril de 1992, Mandela anunció públicamente que él y Winnie se habían separado. En esta declaración, escribió que las circunstancias políticas habían hecho imposible llevar una vida familiar normal y que, a pesar de todo, el amor y la dedicación al matrimonio habían crecido durante los años de separación. Sin embargo, la convivencia con Winnie se tornó insostenible tras su liberación.
Nelson comenzó a vislumbrar una nueva vida política. En 1991 fue elegido presidente del ANC, y un par de años después, en 1993, recibió el Premio Nobel de la Paz junto a Frederik Willem de Klerk. El 27 de abril de 1994, votó por primera vez en su vida y, el 10 de mayo de ese año, asumió como el primer presidente democráticamente electo de Sudáfrica.
A pesar de esto, el matrimonio aún se mantenía legalmente. Hasta 1996, cuando, después de 38 años de unión, Nelson y Winnie Mandela se divorciaron. Él contaba con 77 años y ella, 59. El divorcio no borró las décadas pasadas; tampoco transformó a uno en víctima y al otro en culpable. Su relación había comenzado en 1958, cuando ambos eran jóvenes y el futuro de Sudáfrica estaba dominado por un sistema racial que parecía destinado a perdurar.
Habían concebido dos hijas, atravesado detenciones, prohibiciones, encarcelamientos, persecuciones y pérdidas. Habían vivido separados durante casi tres décadas y luego vuelto a caminar juntos ante millones, solo para descubrir que el tiempo que pasaron esperando el reencuentro los había transformado en otras personas.
La paradoja es significativa. Su matrimonio había sobrevivido a la prisión, al apartheid, a miles de kilómetros de distancia, a cartas censuradas, a visitas controladas y a años en los que una familia entera aprendió a existir sin uno de sus integrantes. Pero no resistió el momento en que pudieron retomar sus vidas en paz.
El divorcio no marcó el fin de la carrera política de Winnie. En 1993 asumió como presidenta de la Liga de Mujeres del ANC, cargo que ocupó hasta 2003. Luego de las primeras elecciones democráticas en 1994, fue nombrada viceministra de Artes, Cultura, Ciencia y Tecnología, aunque su tiempo en el gobierno fue efímero.
En 1997, durante las audiencias de la Comisión de Verdad y Reconciliación, su nombre volvió a ser mencionado en relación con abusos cometidos por miembros del Mandela United Football Club. La comisión concluyó que Winnie había estado involucrada en una serie de incidentes que incluían agresiones, secuestros y asesinatos. Respecto al caso de Stompie Seipei, las conclusiones de la comisión señalaron su responsabilidad.
Años más tarde, Winnie continuó siendo una figura política con seguidores propios. Falleció el 2 de abril de 2018, a los 81 años. Nelson Mandela había muerto cuatro años antes, el 5 de diciembre de 2013, a los 95.
Durante años, la fotografía de Nelson y Winnie caminando juntos después de su liberación fue utilizada como símbolo de un amor inquebrantable. Sin embargo, es más interesante observar otro aspecto. No fueron solo una pareja; fueron un hombre y una mujer que se amaron en una época que no les permitía tener una vida privada.
A Nelson le tocó pasar 27 años en prisión; Winnie enfrentó la vida afuera, bajo vigilancia, con prohibiciones, detenciones y persecuciones. Él se convirtió en el rostro internacional de la lucha, mientras que ella tuvo que sobrevivir ausente y, simultáneamente, convertirse en una líder reconocida. Cuando finalmente se abrieron las puertas, ninguno de los dos volvió a ser la persona que quedó al otro lado.
Tal vez esa sea la parte menos romántica, y por ello más humana de su historia. Hay quienes pasan una vida entera aguardando ese momento que imaginan como el principio de su felicidad. Nelson y Winnie vivieron ese momento. Llegó el 11 de febrero de 1990, frente a las cámaras de todo el mundo, con los puños alzados y una multitud celebrando.
Sin embargo, la vida no siempre comienza cuando termina la espera. A veces se descubre que también ha cambiado la persona que se esperaba del otro lado.
Nelson y Winnie Mandela se amaron en una época en la que el amor podía convertirse en un campo de batalla. Quizás por ello, su historia no necesita un final perfecto para seguir siendo extraordinaria.
Porque algunas historias no dejan como legado una pareja que se mantuvo unida hasta el último día. Dejan algo más incómodo y veraz: la certeza de que dos almas pueden compartir una parte significativa de sus vidas, transformarse para siempre, caminar juntas durante un extenso trecho y, aun así, terminar siguiendo caminos diferentes.
Ellos llegaron juntos hasta la libertad. Después, debieron aprender a enfrentar qué hacer con ella.






