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Marina Lambertini: la ingeniera agrónoma que transforma la producción hortícola

2 junio, 2026
in Economía
Marina Lambertini: la ingeniera agrónoma que transforma la producción hortícola
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A los 13 años, Marina Lambertini se dio cuenta de que el campo jugaría un papel fundamental en su vida. Aunque su familia no tenía antecedentes en el sector agropecuario, la adquisición de un pequeño establecimiento ganadero por parte de su padre, Gustavo Lambertini, despertó en ella una profunda fascinación, en especial por la figura del agrónomo que asesoraba las labores del campo. Pasaba horas observando su trabajo y asimilando sus explicaciones técnicas; una curiosidad que con el tiempo se convirtió en vocación y culminó en 1992 con su graduación como ingeniera agrónoma en la Universidad de Buenos Aires (UBA).

Su verdadero interés no recaía en la ganadería, sino en la horticultura, área que exploró en sus últimos años de facultad, bajo la tutela de un profesor de origen italiano. Actualmente, Marina se dedica a apoyar a productores de hojas verdes y hortalizas que proveen a una empresa dedicada a la comercialización de vegetales frescos.

“No me olvido de aquel momento cuando mi papá compró su primer campito y yo tenía 13; ahí ya me picó el bichito; sabía que mi sueño iba por el campo”, recordó. En el predio familiar de General Madariaga, descubrió su futura pasión: “El asesor agarraba una espiga de trigo o de maíz y explicaba que con eso ya podía calcular el rendimiento. Se convirtió en mi ídolo total”.

En aquellos años, la expansión de los invernaderos permitía la producción de verduras en gran parte del año, algo innovador para la época que la cautivó. “Antes nuestras abuelas nos contaban que solo había tomates en verano, pero con la aparición de los invernaderos podía haber tomates casi todo el año. Ahí dije: ‘Quiero cultivar tomates, quiero cultivar choclos”, narró, señalando que esta experiencia reafirmó su camino en el sector.

Los inicios profesionales de Lambertini se desarrollaron entre 1993 y 2000 en el campo familiar, donde introdujo la producción hortícola. Allí, experimentó con diversos cultivos, centrando su interés en aquellos que había conocido durante sus visitas a los invernaderos universitarios. Según destacó, esa etapa fue crucial porque le permitió aplicar la teoría en la práctica: conocer los suelos, comprender los ciclos de producción y enfrentarse a los retos cotidianos del campo. “Traía el agua en balsas para regar los tomates porque el agua de las napas no era apta para la producción hortícola”, relató.

Posteriormente, Marina continuó su trayectoria en diversas empresas del sector hasta incorporarse a Sueño Verde, una firma de colegas de la UBA, Agustín Benito y Pablo Maceda. Para Lambertini, su carrera en la horticultura ha sido más que una simple salida académica. “Es eso de cuando uno sigue la pasión, más allá de lo económico”, resumió.

A lo largo del tiempo, su experiencia se diversificó hacia otros proyectos relacionados con la horticultura intensiva. Trabajó en Molino Cañuelas y pasó 16 años en otra empresa del sector, hasta llegar a la firma que siempre admiró desde afuera. “Siempre fue mi ideal”, afirmó. Actualmente, se encarga de garantizar el suministro de verduras frescas para supermercados, restaurantes, hoteles, bares y dietéticas durante todo el año, y tuvo la oportunidad de presentar en el evento Mujeres que cocinan ideas.

En su actividad diaria, coordina alrededor de 1000 hectáreas distribuidas en distintas regiones productivas del país. En verano, su producción se concentra en Mar del Plata, mientras que durante el invierno trabajan con invernaderos en Buenos Aires y productores en Bella Vista, Corrientes; Mendoza se convierte en un punto clave en otoño y primavera. También están buscando nuevas áreas en la Patagonia, particularmente en Chubut y Neuquén, en respuesta a los efectos del cambio climático.

“Las verduras de hoja son extremadamente perecederas. Todos los días tienen que entrar los camiones con verduras frescas y seguras”, enfatizó. Su labor abarca el desarrollo de productores, la selección de suelos, la definición de semillas y el apoyo técnico en cada fase del cultivo. “No es lo mismo hacer una lechuga en Mendoza que en Mar del Plata o en un invernadero en Buenos Aires”, comparó.

Su enfoque principal incluye la producción de verduras como lechuga, rúcula, espinaca y radicheta, además de tomates cherry. Sin embargo, la cadena de suministro que respalda una ensalada lista para comer es compleja e involucra procesos de producción, lavado, trazabilidad, logística y distribución. “Trabajamos en toda la cadena de valor: desde elegir la semilla y el productor aliado, hasta la transformación y la logística para llegar a las cocinas de los restaurantes o las familias”, explicó.

Lambertini también se especializa en la colaboración directa con los productores hortícolas. Actualmente, tiene bajo su coordinación entre 10 y 12 productores fijos, aunque en algunas regiones llegan a trabajar simultáneamente con más de 15. “La horticultura en Argentina es muy informal. Hay productores que ni siquiera están inscriptos. Nosotros buscamos desarrollar otra forma de trabajar, compartiendo conocimientos, tecnología y trazabilidad”, aseguró.

Uno de los pilares de su trabajo radica en las Buenas Prácticas Agrícolas (BPAs) y el uso responsable de agroquímicos. “Lo importante es hacer un manejo responsable. Trabajamos con productos permitidos por Senasa, respetando dosis y períodos de carencia. Buscamos siempre los menos nocivos para el aplicador, el consumidor y el medio ambiente”, reiteró.

Lambertini también ha señalado la falta de financiamiento, la escasa mecanización y la dificultad para conseguir mano de obra como obstáculos significativos. A diferencia de otros países donde muchas tareas están mecanizadas, en Argentina gran parte de la producción sigue dependiendo del trabajo manual. “Acá todavía se cosecha agachado, con un cuchillo al ras de la tierra. Tardás muchísimo tiempo y necesitás muchísima mano de obra para sostener el ritmo de producción. El componente de mano de obra en el costo de una lechuga supera el 30%”, explicó.

Esta problemática se agrava en la producción de cultivos de hoja, donde el ritmo de cosecha y procesamiento es vital debido a la corta vida útil de los productos. Según detalló, la mecanización podría no solo incrementar la eficiencia, sino también mitigar parte del problema laboral del sector. “Cada vez hay menos gente dispuesta a hacer este tipo de trabajos. Son tareas muy duras, bajo el sol, con frío o humedad, y las nuevas generaciones buscan otra calidad de vida. Podés pagar salarios de acuerdo a lo que vale tu producto, pero la horticultura funciona mucho por oferta y demanda. Hay momentos donde el precio acompaña y otros donde no”, comentó.

Lambertini indicó que la incorporación de maquinaria podría transformar radicalmente la competitividad del sector. Sin embargo, las dificultades para importar tecnología, aun si es usada, y el acceso a créditos continúan obstaculizando esa evolución. “En otros países ya existen máquinas que permiten combatir malezas sin agroquímicos y sin necesidad de hacerlo manualmente. Acá todavía estamos muy lejos de eso”, afirmó.

Además, resaltó que los altos costos de importación y la falta de líneas de financiamiento específicas para el negocio hortícola representan un desafío considerable. “Para un productor individual es prácticamente imposible hacer esa inversión”, añadió.

La posibilidad de importar maquinaria agrícola usada genera expectativas en el sector, aunque Lambertini advirtió que todavía persisten importantes limitaciones económicas. “Es una alternativa interesante porque muchas veces la maquinaria nueva es inaccesible, pero igual los sobrecostos de importación siguen siendo altos. Tenemos condiciones climáticas muy diversas y regiones espectaculares para producir. Lo que falta es inversión, tecnología y financiamiento para poder dar ese salto”, concluyó.

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