Conocidas como balasto ferroviario, estas piedras son parte de la estructura que sostiene los durmientes y los rieles. Su forma, tamaño y composición están diseñados de acuerdo a criterios de ingeniería, orientados a asegurar tanto la estabilidad como la durabilidad de la vía.
El balasto consiste en una capa de piedra triturada, generalmente de origen granítico, colocada debajo y alrededor de los durmientes. A diferencia de las piedras redondeadas que se encuentran en los ríos, el balasto presenta bordes angulosos que permiten que se entrelacen de manera efectiva, formando una base más sólida.
En el país, las normativas técnicas relacionadas con el ferrocarril especifican el uso de balasto granítico, seleccionado por su resistencia al desgaste y su capacidad para soportar el paso continuo de las formaciones.
Este componente ferroviario cumple múltiples funciones esenciales que facilitan el operamiento de la vía. Gracias a sus propiedades, la estructura puede resistir cargas repetitivas, manteniendo condiciones seguras para la circulación de trenes.
La piedra triturada brinda una ventaja importante: sus caras irregulares crean un efecto de trabazón que evita que los durmientes se desplacen fácilmente, mejorando así la estabilidad general del sistema.
A su vez, el granito es conocido por su alta resistencia mecánica, lo que le permite soportar grandes cargas y mantener sus características durante un prolongado período, lo que lo convierte en uno de los materiales más utilizados en el ámbito ferroviario.
Con el paso del tiempo, el balasto puede experimentar compactación, desplazamientos o contaminación por tierra y barro, factores que disminuyen su capacidad de drenaje y su estabilidad. Ante estos inconvenientes, las empresas que operan el ferrocarril llevan a cabo acciones de mantenimiento para restaurar la correcta geometría de la vía.
Los problemas más relevantes que puede generar un balasto deteriorado abarcan:






