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Avances en cirugías cardíacas con stents biodegradables generan interés más allá de Córdoba

1 septiembre, 2026
in Sociedad
Avances en cirugías cardíacas con stents biodegradables generan interés más allá de Córdoba
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El uso de un stent biodegradable ha llamado la atención en todo el país tras ser utilizado en un bebé con cardiopatía congénita, lo que marca un hito en la medicina pediátrica. Este stent, compuesto de un material que será absorbido por el organismo del paciente, evita la necesidad de realizar una segunda cirugía para remover el dispositivo, ya que se disolverá después de varios meses. Este procedimiento innovador fue llevado a cabo por primera vez en un caso pediátrico, lo que despierta tanto interés como expectativas en el ámbito médico.

Un stent se define como un pequeño tubo que se inserta dentro de arterias o venas que presentan obstrucciones, garantizando así un flujo sanguíneo adecuado. A diferencia de los adultos, en los niños, el uso de stents de malla metálica convencionales presenta un problema considerable: con el tiempo, el crecimiento del paciente puede provocar que el dispositivo se desplace dentro de los vasos sanguíneos. La novedad del stent biodegradable es que, aunque resulta más costoso, podría representar un cambio fundamental en la práctica médica, especialmente en el tratamiento pediátrico.

La cirugía se realizó a comienzos de agosto en el Hospital de Niños de la Santísima Trinidad en la ciudad de Córdoba, donde el bebé sigue internado para atender otras condiciones de salud, aunque su estado es estable. Los médicos que llevaron a cabo la operación fueron el jefe del Departamento de Cardiología y hemodinamista, Alejandro Peirone, y el jefe de Cirugía cardiovascular, Ignacio Juaneda. Ambos compartieron detalles sobre la intervención, que fue necesaria debido a la delicada condición del paciente.

El bebé había sido trasladado de urgencia desde la provincia de San Juan, presentando una prematurez compleja y un retardo en el crecimiento intrauterino. Al nacer, su peso era de solo 1,5 kilos. Después de 49 días de seguimiento, alcanzó los 2,2 kilos, lo que les permitió a los médicos proceder con la cirugía.

“Este tipo de stents son relativamente nuevos y tengo entendido que esta fue la primera vez que se utilizó uno en un niño en el país. Esto no está estandarizado”, explicó Juaneda. En esta ocasión, el bebé estaba diagnosticado con una condición conocida como coartación de aorta, que implica un estrechamiento de la principal arteria que sale del corazón.

Juaneda ilustró el problema de forma clara: “Debido a un defecto congénito, la arteria se estrecha en un sector, como si fuese un reloj de arena. Si se coloca un pequeño ‘rulero’ que la expanda, se logra que el diámetro sea homogéneo”. En este contexto, el ‘rulero’ se refiere al stent.

Quizás muchos hayan escuchado expresiones como “le pusieron el stent desde la ingle” o “desde el brazo”. Sin embargo, en este caso, los cirujanos se enfrentaron al reto de que las manos de los profesionales son casi más grandes que el propio paciente. Dado que el equipo de Hemodinamia no podía acceder al lugar del estrechamiento utilizando las vías convencionales, la intervención requirió la experticia de Juaneda, quien expuso la arteria carótida. Esto les permitió introducir un catéter a través del cual ingresaron un balón, que a su vez llevaba el stent bioabsorbible.

“Desde la carótida se puede avanzar de manera retrógrada hacia el sitio de la coartación de aorta”, detalló Juaneda sobre la tarea de Peirone, el hemodinamista encargado de la delicada colocación del stent. Según el médico, se eligió esa vía por dos motivos: en primer lugar, se encontraban más cerca del lugar del estrechamiento; en segundo, la carótida es un vaso más grande, lo que resulta más sencillo para los cirujanos debido al tamaño del paciente.

Peirone asegura que el uso de prótesis bioabsorbibles puede simbolizar una transformación en el sector. Compartió que, junto a su equipo, también habían colocado en agosto de 2025 lo que denominan un “dispositivo” bioabsorbible en el corazón de dos pacientes adultos.

“Ambos pacientes presentaban una condición llamada foramen oval permeable; es un orificio en el corazón que requiere cerrarse. Hasta ahora, siempre utilizamos dispositivos de níquel y titanio, que no se reabsorben. Aunque cumplían su función, por sus características, bloqueaban el acceso al otro lado del corazón, lo que podría derivar en complicaciones”, relató. Además, añadió: “Fuimos los primeros en América Latina en implantar dispositivos bioabsorbibles”.

La llegada de este tipo de prótesis, que se degradan con el tiempo, podría representar un cambio significativo en la medicina reconstructiva. Sin embargo, surge la pregunta de a quiénes realmente benefician estos stents y cuáles son sus limitaciones.

Es importante aclarar que los stents biodegradables no solo se diferencian de los tradicionales “ruleros” de malla metálica que hoy están en desuso, sino también de su versión mejorada, que son los stents liberadores de fármaco. Estos últimos son también de malla metálica, pero con el tiempo se integran u ocultan bajo capas celulares en las arterias o venas. Sin embargo, los stents actuales liberan una droga que previene la proliferación del tejido, evitando que el flujo sanguíneo se vea obstruido.

Peirone enfatizó que, “cuando el paciente es un recién nacido o un niño, los stents metálicos tradicionales permanecen en el cuerpo, lo que plantea el problema de que el diámetro de los vasos cambiará a medida que el niño crezca, lo que generalmente lleva a una segunda cirugía para retirar la prótesis”. Es por esto que, “desde hace años, la industria ha estado trabajando en el desarrollo de dispositivos que puedan cumplir temporalmente la función mecánica del stent y luego desaparecer”.

Los stents pediátricos disponibles en el mercado desde hace aproximadamente un año presentan diámetros de menos de 4 mm, pero ¿cuánto tiempo tardan en “desaparecer”?

“Al colocar el stent en el cuerpo, en un periodo de 6 a 18 meses, se ‘evapora’ o desaparece. Se metabolizan de distintas formas: algunos en contacto con CO2 y agua, mientras que otros, con derivados de magnesio y hierro”, explicó Peirone. Esto indica que se biodegradan al entrar en contacto con la sangre del paciente. “Particularmente en niños y neonatos, el vaso adquiere rápidamente la forma que debe tener y no queda ninguna parte del dispositivo”, agregó.

Por su parte, Oscar Mendiz, cardiólogo y director del Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular de Fundación Favaloro, planteó que la utilidad de estos stents en pacientes adultos es “relativa”. Explicó que, “aunque estos dispositivos se introdujeron hace dos décadas”, resultaron ser una gran decepción para algunos laboratorios que invirtieron considerablemente en su desarrollo.

“Se pensaron como algo completamente revolucionario que prometía mejoras en el tratamiento, dado que si uno trataba un vaso, el stent cumplía su función y luego desaparecía. Esto era una gran promesa, especialmente si, en el futuro, era necesaria otra intervención, como un bypass, sin que el médico tuviera que enfrentarse a la presencia de una malla de metal que complicara el procedimiento”, comentó. Sin embargo, “con el tiempo, el interés en estos dispositivos ha disminuido”. Se llevaron a cabo varios estudios clínicos enfocados en adultos, donde se evidenciaron diversas complicaciones relacionadas con las características del propio dispositivo y su colocación.

Mendiz mencionó que el implante resulta más complicado porque, al estar fabricado de un material más blando, no tiene la fuerza suficiente para empujar hacia afuera la placa que ensancha las paredes del vaso afectado, ya sea por grasa o colesterol.

“Esto requería dilatar considerablemente la placa mediante un tratamiento previo, con el riesgo de que, si el stent resulta subexpandido, surjan complicaciones posteriores, ya que el flujo sanguíneo podría volverse turbulento, aumentando el riesgo de trombosis”, advirtió.

Además, el “rulero” es menos robusto, por ejemplo, en términos de grosor, lo que terminó debilitando las altas expectativas que se tenían al principio sobre este avance tecnológico. “Se gasta más tiempo y más dinero, y a largo plazo, no había un beneficio claro”, resumió Mendiz.

Hablando de costos, un stent convencional ronda los 2.000 dólares, mientras que uno bioabsorbible cuesta aproximadamente 13.000. A pesar de la utilidad concreta en pediatría, que Mendiz consideró distinta y relevante, el uso de estas prótesis en adultos aún no ha sido definido, ya que “existen territorios vasculares específicos donde todavía suscitan interés. El tema permanece en estudio y necesita seguir investigándose.”

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