Fuentes, que trabaja con familias de perros que enfrentan miedos o dificultades conductuales, subraya que frecuentemente las personas buscan ayuda solo cuando aparecen comportamientos que afectan la convivencia. Sin embargo, a menudo hay señales previas de malestar que no son reconocidas.
“Hay dificultades muy silenciosas, que se normalizan con facilidad: perros que evitan, se quedan congelados, jadean sin necesidad real de regular la temperatura, están en hipervigilancia constante o viven en un estado de estrés sostenido que se confunde con mucha energía o necesidad de actividad”, afirmó la educadora.
Señaló además que no todos los perros que atraviesan un problema emocional ladran, rompen objetos o generan conflictos. Algunos parecen tranquilos, ya que evitan situaciones específicas, se inmovilizan o permanecen en un estado de alerta constante ante lo que sucede a su alrededor.
El desafío reside en que muchas de estas conductas se interpretan como rasgos de la personalidad del animal o como una simple necesidad de mayor actividad. Sin embargo, podrían estar indicando que algo en su entorno le resulta difícil de manejar y que requiere un acompañamiento más cercano.
Entre las manifestaciones que menciona Fuentes se encuentran evitar situaciones específicas, quedarse inmóviles, jadear sin justificación y estar en estado de alerta constante. Es fundamental observar estas señales en contexto, ya que una sola no es suficiente para determinar que un perro está sufriendo de estrés. Por ejemplo, el jadeo puede estar asociado al calor, al ejercicio, al dolor u otros problemas de salud.
Por ello, es crucial prestar atención a los cambios en el comportamiento y las circunstancias en las que se presentan. Un perro que comienza a evitar interacciones con otros animales, que se muestra incómodo durante los paseos o que tiene problemas para relajarse puede requerir una evaluación más profunda de su entorno y sus rutinas.
En la conversación, Fuentes también destacó que las conductas más evidentes son las que a menudo llevan a las familias a buscar ayuda. Esto incluye reacciones desmedidas hacia personas u otros perros, gruñidos, miedos intensos y dificultades para estar solo.
Un aspecto importante que señala Fuentes es que un perro inquieto no necesariamente precisa más ejercicio físico. En ciertos casos, puede estar sobreestimulado, emocionalmente desconectado o expuesto a situaciones que le generan inseguridad.
La especialista enfatiza que el comportamiento debe ser entendido en su contexto, considerando las necesidades del animal y lo que intenta comunicar. De esta manera, corregir una conducta sin comprender sus causas puede empeorar el malestar en lugar de solucionarlo.
Por ejemplo, si un perro se siente incómodo cerca de otros animales, obligarlo a acercarse o castigarlo por su reacción no va a contribuir a que se sienta más seguro. La solución adecuada consiste en respetar sus señales, identificar las situaciones que le generan tensión y buscar ayuda profesional si el problema se repite.
Fuentes resaltó que, cuando se identifica el malestar a tiempo, es posible trabajar en el entorno y brindar al perro un acompañamiento más adecuado. Si las señales son persistentes o se presentan cambios repentinos en el comportamiento, es recomendable consultar con un veterinario y, según corresponda, con un profesional especializado en comportamiento canino.






